Prólogo del libro

La primera vez que me conecté a Internet fue en un "cyber café" de Madrid, mientras disfrutaba de la compañía de un amigo guatemalteco que estaba de paso por España. Nos metimos en un chat, y estuvimos "hablando" con gente de todo el mundo. Aquella breve ocasión no fue suficiente para hacerme una idea correcta de lo que es la Red de redes, ni, desde luego, sobre su operatividad, funcionamiento y posibilidades; por supuesto, no hace falta decir que todavía ni siquiera tenía conocimiento de la existencia de la figura que da pie a la presente obra.

En enero de 1.997 fue cuando decidí contratar una cuenta de acceso a Internet, y sumergirme de lleno en este incipiente espacio artificial, cada vez más real. Lo primero que un profano utiliza al conectarse a Internet (si previamente no ha sido usuario de otros servicios más antiguos como el correo electrónico) es, sin duda, el navegador para bucear por el intrincado universo de las páginas Web, lo último que ha posibilitado Internet y lo que la ha catapultado a los niveles de popularidad de que ahora goza.

Tras la configuración del sistema y el primer logro exitoso de conexión, la inmediata sensación que tuve fue la de impotencia por no poder salir de la página de inicio que, por defecto, tenía el navegador. Al usar el software de Microsoft, inevitablemente nos veíamos en la irremediable página de inicio de dicha compañía que, además, era increíblemente lenta de cargar con el "modem", el ordenador y las líneas que tenía que usar. Además, en el programa navegador no aparecía la ventana de la dirección (URL) en que me encontraba, con lo cual, la impresión de encontrarme confinado en los límites de una página concreta se hacía insoportable. La sensación de libertad que se predicaba de la Red no era, desde luego, visible a primera vista y me sentía, ciertamente, preso de unas rejas invisibles sin posibilidad de escapatoria.

Pero pronto mis esfuerzos autodidactas, basados en el método de la prueba y error -fundamentalmente-, me permitieron descubrir cómo hacer para que fuese visible la ventana en la que aparecía la dirección de la página. El siguiente objetivo era huir de ella y dirigirme a algo que de verdad me interesara. Tenía recopiladas algunas direcciones que había visto en publicaciones y estaba ávido de consultarlas. Conseguí introducir el texto de una de ellas en la ventana, pero no sabía qué hacer para llegar a verlas. Intenté inútilmente encontrar un botón que ejecutase la tarea de ir a la dirección seleccionada, pero no lo encontraba. Al final, pensando en modo MS-DOS, descubrí que lo único que tenía que hacer era, como es lógico, apretar el botón "intro" de mi teclado. Así comenzó la aventura que da lugar al libro que el lector tiene ante sí.

Debido, probablemente, a este arduo comienzo, mi atención se centró sobremanera en la dichosa dirección que forzosamente acompaña toda iniciativa y página que se encuentre en la WWW (World Wide Web), y en seguida comencé la labor de investigación sobre el funcionamiento de estas direcciones. No tardé mucho tiempo en darme cuenta de la complejidad de la materia, de los conflictos que habían surgido por aquella época en Estados Unidos, y de las conexiones que esta figura presenta con el Derecho, sobre todo en ultramar, donde los órganos judiciales ya habían empezado a ocuparse de los nombres de dominio, parte esencial de toda URL.

Toda la información que recibía se encontraba en inglés, y en menor medida en francés y alemán. No había una sola página en español que abordase estas cuestiones. Por ello, decidí, en septiembre de 1.997, canalizar toda esta actividad investigadora en una página Web. A la vez, me encontraba redactando el extenso artículo que, con fecha 18 de noviembre de 1.997, puse a disposición de quien deseara consultarlo en la web, y que sirve como base para la confección de la presente obra.

En ella he intentado ordenar estos cuatro años de investigación, sistematizando y procesando, en la medida de lo posible, el ingente caudal de información que en este periodo de tiempo se ha gestado, e intentando introducir elementos de reflexión que no hagan de la obra una mera, aunque memorable, recopilación de datos y opiniones ajenas. En ocasiones, y en defensa de las tesis principales del libro, se adoptarán posiciones cercanas al ensayo, sin merma, en todo caso, del rigor intelectual que ha de presidir su lectura, así como el respeto escrupuloso a las fuentes que se manejan.

Con todo, la obra que se le presenta ahora al lector puede calificarse de atípica. El tratamiento de las fuentes quizás sea poco ortodoxo, pero creo que es útil y ayuda en mayor medida a una correcta comprensión del libro y las mentes curiosas que otros modos más al uso. Su elaboración y edición, en los albores del nuevo milenio, han sido en cambio tradicionales, al menos en su concepción, alejada de los grandes intereses de la industria editorial sin la que, en ocasiones, resulta difícil dar salida a nuestra curiosidad. Su distribución, por el contrario, se encuentra en mayor medida comulgando con la materia propia a tratar: los nombres de dominio e Internet.

Finalmente, y antes de dejarles ya de lleno con el objeto que les ha llevado a adquirir esta obra, debo agradecer a todas las personas que han hecho posible que el presente libro haya visto la luz. Especialmente, los primeros amigos y lectores críticos que me ayudaron a terminar de perfilar la redacción, en esencia, Susana Roldán Gómez; para ella son ahora mis primeros pensamientos. No puedo dejar de agradecer también a todas las personas, citadas o no en el libro, estén o no con nosotros, y sean de esta o aquella cultura y civilización, cuyas ideas me han impregnado y permitido que yo forme y les transmita las mías.

Espero que disfruten de su lectura tanto como aprendí yo con su escritura.